lunes, 12 de septiembre de 2011

Federico Chueca


Don Federico Chueca Robles, el músico chispero de Madrid
Por Enrique Suárez 


El 20 de junio de 1908 moría en la calle de Alcalá Nº 104 de Madrid el músico del que diría su gran amigo y colaborador Ramos Carrión “Fue el maestro Chueca perpetuo testigo de la gente que se contenta con pocas alegrías al igual que tiene escasas facilidades para lograrlas”.
Este mismo año también muere el 20 de septiembre el que fuera uno de los presidentes de la I República en España, Don Nicolás Salmerón, a los 70 años de edad. Otra triste pérdida fue la del violinista Pablo Sarasate, considerado el auténtico sucesor del mítico Paganini. El entierro del maestro Chueca tuvo lugar en domingo, a las 15 horas. El cortejo fúnebre abrió la marcha con dos parejas de guardias municipales a caballo. Bajó dicho cortejo por la calle de Alcalá, pasando por los teatros Apolo y Zarzuela, atravesando la Puerta del Sol, despidiéndose el duelo en capitanía. La presidencia estaba formada por el gobernador civil, el alcalde de Madrid y sobrinos del maestro. Entre el público figuraban Bretón, Chapí y Lleó. Chueca, que tenía sesenta y dos años en el momento de su fallecimiento, fue sepultado en la Sacramental de San Justo y Pastor.
El compositor dejó una zarzuela póstuma titulada Las mocitas del barrio, que sería estrenada en el Teatro Lara el 29 de marzo de 1913, con libro de Antonio Casero y Alejandro Larrubiera. Este último escribió en La Ilustración Española y Americana su encuentro con Chueca para leerle la obra: “Se encontraba el maestro rodeado de amigos en una de sus célebres tertulias en su domicilio y cuando terminó la lectura dijo: “Esto ya es cosa mía, ¡me gustan mucho estas mocitas! Sería la primera vez que a mí no me gustaran”.
No llegaría a terminar la partitura; dejó musicalizado el dúo que fue el que cataron en su homenaje in memoriam Loreto Prado y Enrique Chicote. El resto de la música la escribiría su buen amigo y compositor Don Francisco Fuster, profundo conocedor de su obra y de su procedimiento a la hora de trabajar.
Sobre el estreno de esta obra se leía en ABC “Es tan gran, tan intensa, tan española y, sobre todo, tan castizamente madrileña la música de Chueca que, a pesar de su muerte, unas obras porque quedado en el repertorio y otras, porque marcar un momento en la historia de los madrileños, el resultado es que todas han sobrevivido”.
Fue Chueca el único músico de Madrid de todas las épocas. Sus pasodobles suenan a cascabeles de calesera torera y a valiente arresto militar y sus chotis tienen todo el ritmo del movimiento de una chula de Lavapiés.
Como no podía ser menos, es uno de los compositores que con su Agua, azucarillos y aguardiente forman la Primera Trilogía del sainete lírico junto a la Verbena de la Paloma de Bretón y La revoltosa de Chapí.


Fue un tanto despreciado por los académicos, pero se ha demostrado que su música resiste con lozanía el juicio inexorable del paso del tiempo mejor que la música de los contemporáneos que la criticaron.
En los primeros años del siglo XX se agrava la enfermedad que sufría, la diabetes, y la familia decide recluirle en casa con toda clase de atenciones y muy vigilado; como no podía evadirse de su gran afición a las golosinas se pone de acuerdo con los chicos del barrio, sus grandes amigos, para que éstos, previo pago, le traigan chocolatinas y pasteles que el maestro consume con gran avidez y, claro está, a escondidas de su familia. Siempre fue un niño grande.
Su última salida
Su último éxito sería El bateo o ¿quién bautiza al nrnr? Con libro de Antonio Paso y Antonio Domínguez. El estreno tuvo lugar el 7 de noviembre de 1901 en el Teatro de la Zarzuela, con Elsa Salvador, Nieves González, Riquelme, Valentín González y Pablo Arana. Este sainete lírico en un acto, perteneciente al género chico madrileño, nos muestra el Madrid castizo de finales del siglo XIX. Ese mismo año Chueca estrenaría también El capote de paseo, que es una refundación de Los amaestrados. A estas obras le seguirían La corrida de toros (1902), La borracha (1904) y ya en 1906, Chinitas junto a El estudiante, del año siguiente. Todas estas obras no alcanzarían el gran éxito de las dos estrenadas en 1901, La alegría de la huerta y El bateo.
Su última salida a la calle fue con motivo de la verbena de San Isidro, acompañado por su mujer y su amigo Fernández Prieto, con los que se acercó a la Pradera. Al llegar, la mayoría de los organillos tocaban piezas del maestro. El señor Prieto le dijo:
-El pueblo no le olvida, maestro.
A lo que Chueca respondió:
-El pueblo es el dueño de mi música; sólo a él le pertenece. Yo no he hecho más que tomarla de la calle, de las plazuelas, mercados, tabernas y bailes. Pasaban las notas volando por el fino aire de Madrid, transparente como el cristal, leve como mi pluma, y no tuve más que recogerlas. Todo es melodía, voces y sentimientos de los madrileños. Lo he dicho más veces y lo repito ahora.
Al maestro Chueca lo compararon con Ramón de la Cruz, con Goya y con Barbieri. Indudablemente, fue “el músico chispero de Madrid”. Sus dúos rezuman el cotilleo de las vecinas y sus romanzas el decir y hacer de los tipos populares del barrio. En definitiva, su música va desde el barrio de las Maravillas hasta las Peñuelas, pasando por Embajadores y la Guindalera.
El secreto de Chueca
El secreto del compositor es bien sencillo: música pegadiza, popular, a ras de suelo, en las calles, esquinas, en los puestos de churros, en las verbenas, en el picador, en el torero, en el chulo, la niña casadera, la aguadora, el cesante, el anarquista, el pollo pera, en el pueblo… Don Federico fue el músico que con mayor transparencia y elegancia dotó al espíritu madrileño de una credibilidad, sin privarlo de su popular casticismo, siempre patente en todos los rincones callejeros de su querido Madrid.
El libretista Don Salvador María Granés le dedicó las siguientes letrillas: “Hace música preciosa/ que se aplaude sin querer/ ¡Como que ya la cantamos/ antes de escribirla él!” El periodista Augusto Martínez Olmedilla le preguntó a principios de siglo cuál era su obra preferida y él contestó sin dudar que La gran vía. Al preguntarle por el libreto al que con más placer había puesto música no dudó tampoco en responder que a los de su amigo Ramos Carrión. Éste dijo del maestro: “Música del pueblo/ de la que se pega/ que se aprende pronto/ y nunca se olvida./ ¡Música de Chueca!”.
La etapa más prolífica de nuestro compositor fue, sin duda, la correspondiente a los últimos veinte años del siglo XIX: en ella escribió Cádiz, La gran vía (1886), El año pasado por agua (1889), La caza del oso, El tendero de comestibles (1891), todas ellas al alimón con Joaquín Valverde; además de en solitario: Los descamisados (1893), Las zapatillas (1895), El coche de correos (1896), Agua, azucarillos y aguardiente (1897) y Los arrastraos (1899); a las que hay que añadir de El mantón de Manila (1898), en colaboración con Manuel Fernández Caballero.
En cierta ocasión el maestro Barbieri le pidió a Chueca que dirigiera un estreno suyo, a lo que Don Federico se prestó gustosamente; fue con la obra De Getafe al paraíso. Con la obra De Madrid a París, estrenada en 1889, terminaría la larga colaboración del maestro Valverde con Chueca. La colaboración había comenzado con la primera obra de éste último, El sobrino del difunto.
Al finalizar esta colaboración, el maestro siguió necesitando que le instrumentaran sus obras, algo que no le resultó difícil dado el prestigio adquirido y su fama tan popular. De hecho, se sabe que Arturo Saco del Valle y hasta Manuel de Falla fueron algunos de sus colaboradores a este respecto.
Cuando Chueca necesitaba una palabra que encajara en las muchas letrillas de sus melodías -ya que a disgusto de sus libretistas el propio músico escribía con relativa frecuencia algunas letrillas de sus cantabile-, no dudaba en inventárselas, como “enseguí” y “langosti”, del dúo de los paraguas de El año pasado por agua, o “ay-gili”, traducción chispera de la palabra inglesa “high life”, alta sociedad, perteneciente a la canción del Elíseo madrileño de La gran vía
Genio y figura
Don Federico Chueca fue un compositor de gran ingenio, dotado de un finísimo oído musical y una prodigiosa intuición para el pentagrama. Gran autodidacta, intentó en vano someterse al método académico y a su disciplina; su maravillosa inspiración, su capacidad improvisador, así como su carácter bohemio, se lo impidieron.
Corría el año 1846 cuando en la Torre de los Lujanes, en pleno corazón de Madrid y frente al edificio del antiguo ayuntamiento, nació el 5 de mayo Federico Chueca Robles. Al pequeño le pusieron los nombres de Pío Estanislao Federico y desde muy niño se sintió atraído por la música. A la edad de ocho años su padre lo matriculó en el conservatorio. El padre era conserje de este edificio de la Torre de los Lujanes, protegido por el Estado dando su carácter histórico. En él estuvo prisionero el rey francés Francisco I, derrotado en la batalla de Pavía por Carlos I.
Ya en el conservatorio llamaba la atención, como se refleja en una gacetilla del Diario de Madrid, con motivo de unos exámenes finales. El 7 de mayo de 1855 se leía lo siguiente “Entre otros alumnos, ha llamado la atención un hermoso niño llamado Federico Chueca que, con tan sólo nueve años, maravilló a todos con su aplomo y soltura en la interpretación al piano de piezas bastante difíciles. Tanto maestros como público prorrumpieron en calurosos aplausos”.
A los diez años estudia solfeo, piano y armonía en un colegio especial de La Granja, en régimen interno, adonde le llevó un amigo de la familia. Sin embargo, al pequeño Chueca no le gustaba demasiado la férrea disciplina del centro y, aprovechando el pasado de una caravana de arrieros hacia Madrid, se esconde en ella y llega a la capital.
Los padres decidieron que, independientemente de su estudios musicales, estudiase bachiller, obteniendo su título a los 16 años. Un año más tarde se matricula en la Universidad de San Carlos, Atocha, para estudiar medicina.
En 1865, cuando Chueca tenía 19 años, el gobierno autoritario del General Narváez introdujo modificaciones en la enseñanza universitaria. Los estudiantes de Medicina vieron peligrar su futuro y se lanzaron a la calle en algarada y estudiantil manifestación, que pronto se convirtió en una revuelta política favorecida por el enrarecido clima político, con guerra en África y diferentes gabinetes ministeriales a cual más nefasto.
O’Donnell reprimió con dureza la revuelta en la célebre noche de San Daniel, el 10 de abril de ese año. Hubo muchos detenidos y entre ellos se encontraba Chueca.
Internado en la cárcel del Saladero, para no aburrirse, dada su maravillosa imaginación, inspiración e intuición musical, compuso sobre las teclas de un piano dibujadas por él mismo sobre una larga mesa una serie de valses a los que llamó Lamentos de un preso.
Cuando salió de la cárcel ya nada era igual; fue abandonando los estudios de Medicina poco a poco y definitivamente cuando su padre murió de cólera, en 1867.
Mientras hacía como que estudiaba Medicina, Chueca se ganaba la vida tocando en diferentes cafés, como el Trijueque y el Zaragoza, donde llegó a ganar un madeo, un café con tostada y los domingos, la cena.
Con veintidós años Chueca se instala en el Café Vapor, donde deleitaba a la clientela con sus maravillosas improvisaciones.
Del Café Vapor pasó al Variedades, situado frente al teatro del mismo nombre. Aquí acompañaba a María Montes, una cantaora muy famosa de la época, y más tarde pasó al Numancia, donde daba tres conciertos diarios por tres pesetas.
En 1874 simultaneaba su arte por varios locales en los que ya era conocido y muy disputado por sus dueños y el público en general.
Con este bagaje, el joven Chueca se presenta al maestro de maestros, el compositor Barbieri, que quedó tan impresionado por su simpatía y vitalidad que le prometió no sólo instrumentar su serie de Lamentos de un preso, sino llegado el caso, estrenarlos. Nació una sincera y admirada amistad entre los dos, que le valió muchísimo al maestro Chueca para el arranque de su carrera musical.
El maestro Barbieri dijo en referencia a Chueca que era su único heredero musical.




A su muerte, dijeron:
Mariano de Cavia: “Fue un admirable caricaturista musical”
Jacinto Benavente: “Es una música que espanta a los pobres de sus cuidados y a los ricos de su tedio”
Francos Rodríguez: “Fue patriota en Cádiz, satírico en La gran vía y siempre bueno, sobre todo muy bueno”
José Jackson Veyan: “Alegre, franco y llano/de niño tenía antojos/y llevaba muy ufano/ el corazón en la mano,/ el alma entera en los ojos/ de las letras que él hacía/ el éxito desprendía./ No supo qué era el miedo/ y ponía en solfa el Credo/ y el Credo se lo repetía./ Como colaborador/ fui con el compositor/ a la Corte de San Luis/ y no hice viaje mejor/ que De Madrid a París./¡Sin él no encuentro/ el éxito en el teatro!/ ¡Ay qué tristeza me da/el balcón del 104/ de la calle de Alcalá!

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